Por qué no estaba preparada para una FIV

Esta semana he recordado varias de las razones que me hicieron rechazar la fecundación invitro (FIV) cuando fuimos por primera vez a informarnos a una clínica privada. Luego, por suerte, no tuve que replanteármelo porque al poco tiempo me quedé embarazada de manera natural, lo que para los ginecólogos que me vieron debe ser un milagro.

Una amiga ha confirmado hoy su beta negativa tras someterse a su primer tratamiento de FIV. Ha sido un palo. Cinco años de búsqueda (no me lo quiero ni imaginar), un aborto bioquímico, varias inseminaciones artificiales (IA) fallidas… Y la primera FIV fallida también.

En su corazón, tristeza, rabia, enfado, indignación, cansancio… En su mente muchas preguntas sobre por qué no ha funcionado la FIV, estando aparentemente todo a favor: analíticas perfectas, 2 embriones de muy buena calidad, endometrio preparado para recibir un embarazo…

Pero es que una FIV, igual que una relación sexual espontánea, no garantiza el embarazo. Según https://www.reproduccionasistida.org/resultados-de-fiv/, la probabilidad de dar a luz tras un tratamiento de FIV en mujeres menores de 35 años es del 20-25%. Para una pareja sin problemas de fertilidad, las posibilidades de lograr el embarazo de manera natural con cada encuentro sexual en periodo fértil están en torno al 18-25% (https://www.reproduccionasistida.org/embarazo-natural/). Es decir, ¡que no hay tanta diferencia! La FIV no es milagrosa, a pesar de que está claro que es una gran ayuda para parejas con problemas.

La tasa de éxito de FIV aumenta con el número de intentos, es decir, que en la segunda y tercera FIV tienes muchas más probabilidades de lograr el embarazo.

Bien, esta fue la principal razón que me hizo rechazar (o más bien posponer) la FIV. Cuando me explicaron todo esto, entendí que el concepto no era “someternos a una FIV”, sino “someternos a un proceso de varias FIVs”. Y en ese momento no lo vimos claro. Pero creo que es importante verlo así, no como un tratamiento aislado sino como un conjunto de tratamientos para conseguir el embarazo. A veces, claro, se produce el milagro a la primera, pero como no es así siempre creo que vale la pena hacerse a la idea de que eso es difícil que ocurra.

Yo misma me lo explico así: al principio, los médicos no saben cómo responderá tu cuerpo a la medicación, cómo serán tus óvulos, cómo recibirá el endometrio a los embriones… A pesar de todas las pruebas previas, hay muchas cosas que no se saben hasta que “te pones al lío”. Así que la primera FIV contaría para mi como otra prueba más. Si sale negativa, servirá para mejorar el siguiente tratamiento. Puede servir para encontrar problemas que no se habían identificado con las pruebas diagnósticas de rutina, que muchas veces son imposibles de detectar sin someterse al tratamiento.

Pero, como ya he dicho, en ese momento esta idea no me convenció. No me veía física ni anímicamente (ni económicamente) preparada para someterme a un conjunto indefinido de FIVs.

Por otro lado, ayer estuve hablando con otra amiga que tiene el mismo problema que yo: baja reserva ovárica. Ella lleva 9 meses de búsqueda e, igual que lo estaba yo, está ya desesperada, obsesionada y angustiada. Me dijo algo en lo que me vi reflejada hace tan sólo unos meses: me contó que lo que menos le gusta de esta situación es que ella está mal y sabe que estará mal mientras no llegue el embarazo. Y no sabe cuándo llegará el embarazo, por lo tanto no sabe por cuánto tiempo estará mal. Y no quiere vivir así, pero no puede hacer nada por evitarlo.

Pues así estaba yo, tal cual. No es sólo la frustación por no conseguir el embarazo y la incertidumbre de si lo conseguirás o no, es verte metida en un pozo en el que no quieres estar, porque suficiente tienes con no quedarte embarazada como para encima estar todo el día llorando por las esquinas y perdiéndote la vida. Estando así fuimos a la clínica privada, me hablaron de FIV y me imaginé a mi misma afrontando una FIV negativa. No iba a poder, iba a ser peor el remedio que la enfermedad.

La psicóloga de la clínica, con quien me dieron varias consultas gratuitas mientras valoraba si realizaría o no el tratamiento, me dijo varias cosas que me ayudaron bastante. La primera: que es inevitable sentirse mal cuando un objetivo importante en tu vida no se cumple a pesar de tus esfuerzos. No podía pretender no estar mal, pero debía buscar herramientas para no recrearme en esos momentos de desesperación (respiración, cambiar de actividad…). Asumir que estar mal era normal e inevitable fue un gran paso. Y las herramientas me ayudaron a no ahogarme.

A parte, me dijo que el proceso de FIV (que ahora no veía claro) debía entenderlo como una montaña. Era una montaña que quería escalar (o no, tenía que decidirlo) y había que hacerlo poco a poco: primero acercándome a la falda, luego subiendo por un caminito poco empinado y así poco a poco hasta acercarme más y más a la cima. Y sobre todo debía tener en cuenta que lo que había en la cima no lo decidía yo. Podía encontrarme un embarazo, o no. Y eso era importante asumirlo antes de empezar a escalar.

Pues a mi estos consejos me ayudaron mucho, porque me ayudaron a entender lo que suponía el tratamiento y me ayudaron a gestionar todo lo que sentía.

Por cierto, la clínica era una Clínica EVA, y no pude sentirme mejor atendida tanto por la asesora, como por la ginecóloga y la enferma, como por la psicóloga. Me dieron un trato de 10.

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